Roxsy Lin realizó este serie mientras participaba en el Fondo para Reportajes de Impacto sobre Violencia Doméstica de USC Annenberg Center for Health Journalism. Lee la primera parte aquí y la segunda parte aquí.
Hemos cambiado los nombres de algunas fuentes de este reportaje para proteger su seguridad y privacidad.
THERMAL, California – Adriana tenía ocho meses de embarazo y vivía en Thermal, California, cuando su esposo, Pablo, regresó a casa después de una fiesta familiar a la que ambos habían asistido. Enojado porque ella se había ido antes que él, apuntó una pistola hacia su vientre embarazado.
“Los tres vamos a morir”, la amenazó. Paralizada por el miedo, Adriana habló en voz baja e intentó convencerlo de que bajara el arma. “Tenía tanto miedo que hasta me oriné”, dijo Adriana.
Eventualmente, Pablo bajó el arma. Pero la violencia no terminó aquella noche.
Cuando su hija tenía 3 años, él abofeteó a Adriana dos veces, golpeándola con tanta fuerza que le partió el labio y comenzó a sangrar. Ella llamó a la policía y él permaneció detenido durante un par de días.
Poco después, Pablo abandonó a Adriana y a su hija, mientras que la familia de él —la única familia que ella tenía cerca y su única fuente de apoyo económico— se volvió en su contra.
La historia de Adriana refleja un patrón más amplio de abuso doméstico que viven las trabajadoras agrícolas migrantes en Thermal, una comunidad de mayoría latina situada en el Valle de Coachella.
Para las sobrevivientes, especialmente aquellas que carecen de estatus migratorio legal, la situación se agrava debido a las barreras culturales y lingüísticas, así como al temor de relacionarse con organismos públicos.
“La violencia doméstica me afectó más psicológicamente porque estaba en un país donde no conocía el idioma, sin documentos, sin familia, sin amigos y con mi hija, que todavía era muy pequeña”, dijo Adriana. “Eso hizo que fuera aún más traumático para mí”.
Es aquí donde interviene la organización sin fines de lucro Líderes Campesinas.
Durante más de 30 años, la organización ha trabajado para llegar a mujeres como Adriana mediante reuniones mensuales y actividades de alcance comunitario específicas, que ayudan a las sobrevivientes a asimilar lo que han vivido, comprender sus derechos y comenzar a sanar.
“Gracias a Dios encontré a Líderes Campesinas”, dijo Adriana, quien conoció por primera vez a la organización en una tienda de comestibles local donde habían instalado una mesa informativa. Poco después, comenzó a asistir a las reuniones.
“Hablaron conmigo y comencé a darme cuenta de que podían ayudarme”, relata Adriana. “Empecé a comprender que existen muchos tipos de violencia doméstica, no solamente el abuso físico”.
Por primera vez, explicó, contaba con un marco para entender lo que había sufrido. Las reuniones, dijo, le proporcionaron “mucha fortaleza y sabiduría”.
También la conectaron con recursos fundamentales, entre ellos una psicóloga.
Según el Departamento de Justicia de California, el condado de Riverside, donde se encuentra Thermal, recibió 6.984 llamadas de solicitud de asistencia por violencia doméstica en 2025.
ACoM presentó una solicitud de registros, de acuerdo con la Ley de Registros Públicos de California, ante la Fiscalía del Condado de Riverside para obtener datos sobre la cantidad de casos remitidos para su procesamiento. La oficina se negó a divulgar la información y alegó, entre otras razones, que sería necesario revisar manualmente más de 20.000 casos en busca de información protegida y sellada, un proceso que describió como “excesivamente oneroso y, por lo tanto, contrario al interés público general”.
La historia de Adriana tiene eco en las experiencias de otras trabajadoras agrícolas del Valle de Coachella.
Ana fue víctima de una violación en México cuando tenía 12 años. Después de la agresión, su madre la instó a casarse con Daniel, un adolescente, porque creía que el matrimonio la protegería del estigma y las críticas que siguieron al abuso.
Años más tarde, el pasado resurgió de forma inesperada. Mientras Ana todavía vivía en México con Daniel y la familia de él, el hombre que la había agredido entró en la pequeña tienda familiar del vecindario. Después de emborracharse, comenzó a hablar sobre lo que había sucedido años antes y se lo confesó a Daniel y a sus familiares.
En lugar de responder con compasión, Daniel estalló de ira. Según el testimonio de Ana, él la empujó al suelo y la golpeó con un pedazo de leña al rojo vivo extraído del fogón donde la familia preparaba tortillas, quemándole el cabello y la ropa. En lugar de intervenir, dijo, sus familiares se rieron.
“Ni siquiera podía hablar porque el miedo era abrumador y el dolor era tan intenso que ya no podía decir nada. Lo único que podía hacer era llorar, llorar y llorar”, dijo Ana. “Nadie me apoyó. Nadie me dijo: ‘No te preocupes’, ‘Regresa a casa’, ‘Déjalo’ o ‘Vas a estar bien’. Nadie. Viví todo eso sola”.
Dos años después, Ana decidió abandonar tanto México como su relación abusiva con Daniel. Emigró a Estados Unidos, donde encontró trabajo en los campos agrícolas del Valle de Coachella.
En un evento comunitario en Thermal, conoció a Maricruz Ramírez, quien entonces era integrante de Líderes Campesinas, y a Elvira Herrera, coordinadora del Programa contra la Violencia hacia las Mujeres de la organización. Ese encuentro marcó el inicio de un nuevo capítulo, en el que Ana encontró apoyo tras años de soportar el abuso sola.
Herrera y Ramírez la invitaron a las reuniones mensuales de Líderes Campesinas, donde conoció por primera vez el concepto de violencia doméstica.
“No sabía que estaba viviendo violencia doméstica”, dijo Ana. “No sabía qué era la violencia doméstica. Cuando comencé a escuchar la información de Líderes Campesinas, cuando comenzaron a invitarme, fue cuando dije: ‘Yo estaba viviendo violencia doméstica’”.
Las reuniones ayudaron a Ana a considerar su vida desde una nueva perspectiva. Había crecido creyendo que la violencia de pareja era simplemente parte de la vida. Suponía que los gritos y los golpes eran comportamientos “normales” dentro de una relación.
Esa percepción comenzó a cambiar después de que asistió a las reuniones. En las conversaciones con mujeres que habían vivido experiencias similares, encontró la comprensión, la solidaridad y el apoyo de los que antes había carecido.
Hoy, Ana forma parte del equipo de liderazgo de Líderes Campesinas y defiende a las mujeres que viven situaciones de violencia doméstica.
“No esperamos que las personas vengan a nosotros para recibir información”, explicó Herrera. “No esperamos a que las mujeres sean golpeadas. En cambio, salimos a la comunidad”.
Un informe publicado por Esperanza United determinó que las trabajadoras agrícolas enfrentan múltiples formas de violencia de género, entre ellas “violencia doméstica y de pareja, violencia sexual y violencia o acoso en el lugar de trabajo”.
En una encuesta realizada en 2022 a 295 trabajadoras agrícolas latinas de California, el 89 % reportó haber recibido atención sexual no deseada o haber sufrido coerción, mientras que el 30% dijo haber sufrido acoso sexual. Otro estudio realizado en San Diego encontró que un tercio de las 292 trabajadoras agrícolas encuestadas había sufrido violencia física, dos de cada diez habían sufrido violencia sexual y el 80 % había experimentado agresión psicológica.
Para responder a esta necesidad, Líderes Campesinas instala regularmente mesas informativas y ofrece presentaciones sobre violencia doméstica en lugares frecuentados por trabajadores agrícolas, entre ellos parques, establecimientos de cambio de cheques, panaderías mexicanas y otros espacios de reunión comunitaria.
Sin importar las condiciones climáticas, el personal y las voluntarias mantienen una presencia visible en esos lugares. Herrera señaló que incluso instalan una mesa informativa junto a una panadería en Coachella que abre a las 5:00 de la mañana, lo que permite que los trabajadores agrícolas accedan a los recursos antes de comenzar su jornada laboral.
Cada mes, la organización realiza reuniones educativas de dos horas en las que ofrece información detallada sobre la violencia doméstica y otros problemas que afectan a las comunidades de trabajadores agrícolas.
Herrera destacó que estas sesiones prolongadas son las que marcan la diferencia, pues crean oportunidades para que las personas participantes hagan preguntas y compartan experiencias y, durante ese proceso, comprendan mejor sus propias situaciones.
Según Herrera, la organización recibe aproximadamente 120 llamadas al mes de personas que buscan ayuda relacionada con la violencia doméstica. Muchas de ellas se producen después de interacciones presenciales en la comunidad.
Beatriz Félix, hija de Ramona Félix, directora de membresía de la organización, dirige un grupo juvenil como parte de Líderes Campesinas. Itzel, la hija de Beatriz, de 19 años, forma parte del grupo.
El grupo reúne a trabajadores agrícolas jóvenes, así como a hijos de trabajadores agrícolas y sus amigos, ofreciendo un espacio donde pueden encontrar apoyo, orientación y un sentido de comunidad.
Itzel recordó una conversación en el chat grupal, cuando una integrante preguntó si el comportamiento de su novio era “tóxico”. Las integrantes analizaron lo que ella describía y, juntas, reconocieron que se trataba de un comportamiento dañino. Con su apoyo, la joven decidió terminar la relación.
“Te das cuenta de que participar en estas reuniones realmente marca una diferencia, y también es muy bonito ver cómo las jóvenes crecen junto con Líderes Campesinas”, dijo Itzel.
Beatriz explica que muchas personas jóvenes crecen sin una orientación constante porque sus padres trabajan largas jornadas en los campos y regresan exhaustos, con poco tiempo o energía después de un día de trabajo extenuante.
Dijo que las reuniones del grupo marcan una diferencia significativa para los jóvenes al darles acceso a información, apoyo y oportunidades que de otro modo quizá no tendrían.
Ana comparte ese mismo sentimiento.
“Ahora que conozco más sobre el tema”, dijo, “cuando conozco a alguien que quiere que la ayude, puedo orientarla hacia los lugares donde puede encontrar recursos, indicarle quién puede ayudarla y qué tipo de ayuda está disponible”.
Roxsy Lin forma parte de California Local News Fellow en la Escuela de Periodismo de UC Berkeley.



